Vuelta a lo físico

Pedro Pardal

2026/07/05

Me gusta leer bastante. Leo sobre todo libros de no ficción: técnicos, marketing, empresa, desarrollo personal, psicología, filosofía… Normalmente, suelo leer en el móvil, en la aplicación Readwise, donde tengo todos mis libros electrónicos. Igual me puedo leer 4 o 5 libros al trimestre de media.

Sin embargo, hace unos meses comencé a darme cuenta de que leer en digital. Aunque leía muchos libros, notaba que al cabo de las semanas apenas me acordaba, con suerte, de menos de un 5-10% de lo que leía. Incluso llegué al punto de preguntarme si realmente había leído algunos libros que sí había leído

Muy heavy.

Reflexionando acerca del porqué, comencé a tomar conciencia de que no reflexiono realmente sobre lo que leo. Por ejemplo, aunque “tomo notas” subrayando las partes que me parecen más interesantes, no vuelvo sobre esa información, o no la reviso activamente. Pero el descubrimiento más peliagudo fue darme cuenta de la cantidad de veces que me distraigo mientras leo con el móvil, por culpa de interrupciones como: email, whatsapp, linkedin, instagram, calendar… No hace falta que entre una notificación (las tengo todas desactivadas): el simple hecho de tener el móvil en la mano hacía que, en el momento en que lo que estaba leyendo dejaba de ser medianamente interesante, automáticamente hacía el gesto automático de abrir Instagram.

Sin darme cuenta.

Y, cuando me daba cuenta, me veía a mi mismo con cara de tonto diciéndome:

“¡Uy! yo quería leer y de repente llevo media hora scrolleando al fallo.

Claramente aquello no escalaba.

Así que, harto de la situación, se me ocurrió hacer un experimento ultra rompedor y revolucionario hoy en día:

“Sólo voy a leer libros en papel”

La hipótesis era la siguiente: si sólo leo libros en papel, puedo permitirme “el lujo” de guardar el móvil mientras esté leyendo y no echarle cuentas. Además, si quiero tomar notas, también tengo que hacerlo en físico: o bien subrayar el libro, o bien tomar apuntes, ya sea transcribiendo las citas que más me resuenan en mi libreta o escribiendo las reflexiones mientras leo.

Me compré los primeros 3 libros que tenía en mi lista de próximas lecturas (”Deep work”, “Cuatro mil semanas” y “Dejar ir” — si os interesa, en la próxima versión de La Próxima Versión quizá los comente), y metí el primero de la lista en mi mochila, que llevo a todas partes.

No pasó mucho tiempo hasta que me viniera arriba y también sacara de la mochila el móvil. Poco a poco, y de forma natural cogí el hábito de llevarme la mochila con el libro cuando salgo a desayunar todas las mañanas, y igual me tiro 1h o 1h y media entre desayunar, leer y dar un paseíto matutino.

Y buah, menudo cambio.

Aparte de lo que esperaba, ocurrieron los siguientes “efectos laterales” positivos inesperados:

  • Me resulta mucho más fácil y natural repasar, ya que en cada sentada empiezo re-leyendo mis notas de la última sesión. Eso me ayuda a retener mejor.
  • Ya no tengo los apuntes en digital. Si por lo que sea quiero digitalizar algo (por ejemplo, para escribir algún post sobre ello), tengo que transcribirlo. Lejos de ser tedioso, es otra oportunidad para repasar y reformular ideas.
  • Tener una rutina con componentes físicos (el libro en papel, el boli y la libreta, el desayuno en la cafetería, el horario más o menos regular) da estructura a mi día, un ancla sobre la que construir.
  • Leo menos libros, pero recuerdo más. Siento que lo que leo influye más en mi vida. Tengo los aprendizajes más presentes y conscientes. Se produce una integración real.
  • No más “ya lo leeré” y ahí quedo la cosa: sigo teniendo un backlog de libros, pero es mucho más pequeño. Al contrario que antes, que era potencialmente infinito, ahora viene limitado por los libros que puedo comprar y almacenar físicamente.
  • Mi “next item” siempre es el libro que tengo en la mochila. No tengo que decidir qué leer cada vez que me pongo. Solo leo un libro a la vez, y eso me quita mucha fricción a la hora de ponerme a leer, porque no tengo que decidir. Simplemente leo.

Más allá de la lectura

Motivado por la experiencia positiva, me planteé si no sólo podía aplicar esos aprendizajes con el tema de la lectura.

Porque a ver.

Me considero un tío un una cantidad de intereses y áreas de responsabilidad muy diversa. La mayoría conocéis la parte “pública” que tiene que ver con el software: hago consultoría con equipos, hago formaciones con Exeal, creo contenido en esta newsletter, YouTube, y LinkedIn. Pero además ahora mismo tengo un cliente de delivery, varios proyectos en incubación de los que ya hablaré, mi banda Sibelclan, mis proyectos con Jaime…

Es una cantidad ingente de cosas, y mi enfoque tradicional ha sido intentar gestionar todas estas áreas digitalmente, utilizando las mismas herramientas. Supongo que en el fondo soy ingeniero y me gusta homogeneizar y estandarizar sistemas y soluciones.

Sobre el papel, funcionaba de lujo.

Pero sentía que hacerlo de esa manera me estaba pesando. Cada vez que veía mis listas de tareas, aparecían tareas de decenas de proyectos diferentes. Cada vez que abría Notion, aparecía la información de todas las áreas. En la práctica, acababa con parálisis por análisis, una sensación de “esto no se acaba nunca”, 0% ganas de hacer cosas y 100% culpa por no ponerme.

Así que pensé: ¿y si aplico los mismos principios que he descubierto que me funcionan con el tema de la lectura, para “separar” un poco estas áreas y abordarlas de forma más… natural?

Esto empezaba a ponerse interesante. Ya no estamos hablando de gestión de tareas, sino de diseñar barreras mentales.

Diseñar contextos

El cerebro funciona por asociación. Cuando llevas semanas saliendo a desayunar sin móvil y con un libro en la mochila, cada día, al mismo sitio, cuando llegas a la cafetería, te sientas y pides el desayuno, ¿en qué piensa tu cerebro? Pues automáticamente coge el libro y se pone a leer.

Sin esfuerzo. Es lo que sale sólo. No hay nada que decidir.

Es algo que podríamos denominar “contexto”.

Un contexto no es es más que la combinación de algunos o todos los elementos siguientes:

  • Un lugar físico (la cafetería)
  • Una hora (por las mañanas)
  • Un ritual (el desayuno)
  • Objetos físicos (el libro)

Pero también:

  • Un área de conocimiento (el trabajo)
  • Una persona concreta (tus compañeros de equipo)

David Allen, autor de Getting Things Done, el best-seller de productividad personal, hablaba justamente del concepto de contexto. Cuando lo leí por primera vez hace 15 años (y hasta hace no mucho), lo que (mal)entendí es que los contextos no eran mas que diferentes etiquetas que podías utilizar para filtrar tareas: llamadas que hacer, emails que enviar… nunca los usé en serio porque nunca les vi una utilidad real. Quizá porque nunca llegué a entender a qué se refería.

Lo que Allen proponía realmente, era utilizar el concepto de contexto, tal cual lo describí arriba, para organizar tu trabajo (lo que haces en cada momento), basándose en un principio muy simple: en lugar de decidir qué hacer, dejas que tu entorno lo decida por ti (y yo añadiría: diseñar tu entorno para asegurarte de que toma buenas decisiones por ti).

Es decir:

  • Dado el contexto en el que estoy, lo que quiero hacer en un momento dado, debería ser obvio, natural y automático.
  • Si algo no se puede hacer en un momento dado, no debería existir en la mente.
  • Yo no decido qué hacer en cada momento: decido a qué contexto exponerme. De hecho, ni siquiera, la rutina / la costumbre lo decide por mi.

Un ejemplo práctico: yo no decido cada mañana voy a hacer X cosa en el proyecto Y. En cambio, tengo la costumbre de ir cada mañana a ir a la oficina, y la oficina me guía porque es un entorno diseñado alrededor de la ejecución de ese proyecto: p.ej. tiene una pizarra con tickets que me dicen la tarea siguiente, no tiene distracciones, no puedes trabajar en pijama, etc.

Como consecuencia, el proyecto X avanza, pero no porque te lo propongas, sino porque es la consecuencia inevitable de cómo tu entorno y tu costumbre está diseñada.

Y así con todo.

De esa manera puedes conseguir altos niveles de ejecución, sin esfuerzo real de toma de decisiones.

O lo que es lo mismo, fluir más.

Casos prácticos que me han funcionado

En las últimas semanas he empezado a poner en práctica esto en algunas áreas. Esto es lo que me ha funcionado.

Separar ordenadores

Antes tenia toda mi vida digital en un único ordenador: apps de trabajo, juegos, perfiles de ocio y trabajo… Al final, no sabía si a las 10 AM era hora de echar un LOL, o a las 10 PM tenia que contestar correos de clientes.

Ahora tengo:

  • Setup trabajo → en una habitación separada (despacho), con un ordenador separado (laptop solo curro), y con el setup de grabación, programas de desarrollo, solo las cuentas de trabajo logeadas, sin whatsapp, etc.
  • Setup ocio → físicamente en otro lugar: en mi salón (el centro de ocio de mi casa), con mi ordenador sobremesa, al que le he desinstalado todo lo que tiene que ver con trabajo, y dejado sólo juegos, youtube, programas de producción musical, etc.

Objetivo: enviarle la señal a mi cerebro cuando esté en el salón de que “aquí no se trabaja”, y en el despacho de que “aquí no se juega”. Límites físicos reales, mayor paz mental.

Estación de carga

Llegó un punto en el que sentía que estar scrolleando con el móvil por la noche estaba afectándome a la calidad del sueño: me dormía tarde, me despertaba cansado.

Se me ocurrió una cosa muy tonta: mover el cargador del móvil al recibidor de la casa. Es el único sitio donde se puede cargar. Eso significa que, o por la noche dejo el móvil cargando ahí, o por la mañana el que no tiene batería es él, no yo.

Dicho de otro modo: el teléfono ya no entra en la habitación. Y poco a poco el cerebro se va acostumbrando a que “en la habitación se duerme, no se scrollea”.

Pizarra de tareas de casa

Parecerá una tontería, pero me ha ayudado un montón. Antes tenía las tareas de casa apuntadas en Todoist con el resto de tareas de curro. Ahora me he pillado una pizarrita magnética de esas que se cuelgan en la nevera, y tengo ahí apuntadas las tareas de casa.

Por tanto, sólo se “activan” cuando estoy en casa. Cuando estoy fuera, esas tareas no existen. Total, tampoco puedo hacerlas, ¿para qué las voy a tener ocupándome espacio mental?

Además, como cuando estoy en casa, me suelo dejar el móvil en la estación de carga y no lo llevo encima, las tareas que hay en el móvil no compiten por mi atención con la pizarrita.

La cola de podcasts

Comencé a usar estrictamente la lista de “Tus episodios” de Spotify para decidir qué podcasts escucho. Pero sobre todo, lo más importante: sólo los escucho en el gym. Los días que me toca gym, antes de empezar me pongo los auriculares, abro Spotify, le doy play a esa lista, y a entrenar. 0 decisiones, 0 fricción.

Board de Monday

Para organizar el trabajo con mi cliente de desarrollo actual, utilizaba Notion. Pero usaba esta app para gestionar tareas de todos mis otros proyectos, en la misma cuenta.

Me hubiera comprado una pizarrita para poner las tareas en post-its físicos, pero entonces mi cliente no podría hacer seguimiento. Así que lo que hice, fue montar un board digital con una herramienta que SÓLO uso con ese cliente y SÓLO está disponible con la cuenta de ese cliente.

Resultado: el trabajo de este cliente sólo se activa en el ordenador de trabajo (que está físicamente en el despacho), y sólo en esa app. Cuando uso Monday, mi mente sabe que está en modo freelancer. Cuando uso Notion, sé que estoy trabajando en mis cosas.

Aprendizajes

Lo fisico te limita el WIP

Con los soportes digitales es fácil comprometerse de más y no darte cuenta: en una lista digital cabe todo. Con soportes físicos, como un board, o una libreta, no pasa esto, porque tienen los límites de espacio de lo físico.

Cuando alcanzas el limite, el board te lo grita a la cara.

La importancia de los rituales

Si hay algo que considero necesario para definir un contexto que funcione, aparte de un lugar físico, es tener un ritual asociado, i.e. una “ceremonia”. No solo la cafetería, sino el hábito de bajar a desayunar cada día. No sólo la oficina, sino algo que te empuje a ir cada día (p.ej. un daily físico con el equipo). Sino, acabas por no confiar en que la división funcione. Por ejemplo, para confiar en que cuando me apunte una tarea de curro para hacer, y olvidarme de ella de verdad, necesito tener la certeza de que cada día voy a la oficina y me expongo a ese contexto y, por tanto, en algún momento esa tarea “volverá a mi mente”.

Inbox universal

Aun con todo, mantengo Todoist como mi “inbox universal”, porque así puedo capturar cosas (pensamientos, compromisos,…) esté donde esté. Tengo un ritual asociado: cada mañana con el café, proceso el inbox y llevo cada item a su sitio. Lo que dure el café. Funciona y confío en el sistema porque 1) hay ritual, 2) está ligado con algo físico (el café), y 3) no crece descontroladamente.

Ideas futuras: cosas que me gustaría probar

  • Coworking: delimitar físicamente el contexto trabajo aún más.
  • Kanban board fisico para gestion de proyectos. Fisico, limitado, ubicado en el despacho. Se cierra el despacho → desaparece.
  • Explotar más sitios fuera de casa: vivo en el centro de Granada. Hay mil lugares, bares y cafeterias, parques, restaurantes, etc. que podría aprovechar para construir contextos alrededor de ellos.
  • Organizar mis tareas siguientes con una libreta y el método Autofocus para introducir la componente de limitación de WIP.
  • La moto: la cabeza cambia mucho cuando te pones el casco. Solo tengo que romper la idea de que “necesito un plan para coger la moto” por “coge la moto y ya aparecerá un plan”.

Ser el arquitecto de tu realidad

Vivimos en un mundo que nos empuja hacia lo digital: nos comunicamos con nuestros seres queridos por el móvil, consumimos contenido en el móvil, leemos en el móvil, vemos series en el móvil, hasta manejamos nuestros agentes de IA desde el móvil.

Cuando todo está tan a mano, y todo el mundo funciona así, es fácil dejarse llevar por el piloto automático y hacer las cosas “por defecto”.

Pero hay otra manera. Una que, además, es bastante más natural para el ser humano, y más cercana a como hemos funcionado siempre. Pero volver a funcionar así, requiere de hacer un ejercicio exigente: tomar consciencia de cómo estamos operando actualmente, analizar qué consecuencias tiene para nosotros, y ponerle sesera para cambiar lo que no funciona.

En mi caso, considero que diseñar mis contextos es un ejercicio de libertad. Es decir: aún reconociendo y teniendo la libertad de hacer las cosas de mil maneras distintas, elijo sólo una. Y además, si puedo, “quemo los barcos” y elimino todas las demás opciones, deliberadamente.

Paradójicamente, en un ejercicio de mi libertad estoy restringiendo mi propia libertad, para hacer las cosas como realmente quiero. Porque más libertad no significa necesariamente más resultados, o más bienestar. De hecho, normalmente es lo contrario: más libertad lleva a fatiga por decisión. Pelear con la tentación, la fricción de tener que evitar constantemente la “opción mala”. Eliminar la tentación por diseño es mucho mejor estrategia que tener que evitarla sistemáticamente con fuerza de voluntad.

Es como cuando de chico, tus padres te mandan a la cama a las 11. No hay ningún motivo inmediato por el cual no pudieras quedarte hasta más tarde. Pero se te impone ese límite a tu libertad, para que descanses lo suficiente y al día siguiente estés bien. De niño, tus padres imponen ese límite a tu libertad para cuidar de ti. De mayor, tienes que ser tú el que limite su propia libertad para cuidar de ti mismo.

Un mantra

Mi mantra respecto a este tema se podría resumir en esta única frase:

Me esfuerzo en diseñar mi entorno conscientemente para poder relajarme y dejarme llevar por él.

Para ello, utilizo lo físico como palanca para gestionar mi atención en un mundo donde la atención está secuestrada por lo digital.

Ejerzo mi libertad para limitar a conciencia mis opciones, i.e. diseño un entorno que me empuja a hacer las cosas como quiero / andar en la dirección que quiero.

La estructura, los rituales y la eliminación de opciones dejan espacio a la creatividad, el flujo y la calma, paz y conexión.

Mi objetivo es no tener que decidir qué hacer. Sólo decidir a qué contexto exponerme.